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 3/4/2005 Decía el papel: "Dios de nuestros padres, Tú has escogido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuese llevado a las gentes. Estamos profundamente apenados por el comportamiento de cuantos en el curso de la historia han hecho sufrir a estos tus hijos y pidiéndote perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza. Firmado: Juan Pablo II".
Mas info, clic en título Si entre un millón de imágenes se tuviese que elegir el retrato más conmovedor del pontificado de Karol Wojtyla, seguramente habría que escoger las fotografías tomadas a las doce del mediodía del domingo 26 de marzo del año 2000 ante el muro de las Lamentaciones de Jerusalén: un anciano vestido de blanco deposita con manos temblorosas un pedacito de papel en una de las ranuras de la muralla bíblica.
Decía el papel: "Dios de nuestros padres, Tú has escogido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuese llevado a las gentes. Estamos profundamente apenados por el comportamiento de cuantos en el curso de la historia han hecho sufrir a estos tus hijos y pidiéndote perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza. Firmado: Juan Pablo II".
Aquella imagen dio la vuelta al mundo, emocionó a millones de personas, sorprendió a otras muchas y entreabrió una puerta que parecía atrancada, la del reencuentro de los seguidores del Nazareno con sus hermanos mayores del Arca de la Alianza.
El documento depositado en el muro de las Lamentaciones y posteriormente trasladado por las autoridades israelíes al memorial del Holocausto es hijo de uno de los momentos estelares del largo pontificado de Karol Wojtyla: el jubileo del año 2000. Es uno de los fragmentos más interesantes del mea culpa entonado con toda solemnidad en la gran ceremonia de petición de perdón por los pecados de la Iglesia, que tuvo lugar apenas dos semanas antes de la visita a Jerusalén, en la basílica de San Pedro de Roma.
El tiempo y los sucesores de Juan Pablo II dirán cuál ha sido el peso real de aquel acto de purificación, cuál es el verdadero alcance de una ceremonia, seguramente magnificada por la moderna industria de la comunicación, ávida de gestos contundentes. Pero la historia no podrá pasar por alto al menos dos datos: el extraordinario impacto que tuvo en la opinión pública y las dificultades de su lenta gestación intramuros, el sordo forcejeo que durante meses se vivió en el interior del Palacio Apostólico, ya que sectores importantes de la curia y del colegio cardenalicio eran abiertamente contrarios a una solemne ceremonia de arrepentimiento.
Cardenales e intelectuales católicos de corte conservador, como el escritor Vittorio Messori, uno de los publicistas más eficientes de la prensa italiana, no dudaron en expresar públicamente su perplejidad ante una iniciativa que podía socavar la autoridad de la Iglesia ante las futuras generaciones. Tampoco se respiraba mucho entusiasmo aquellos días en algunos palacios episcopales españoles. Un silencio sepulcral fue la respuesta de la cúpula eclesial presidida por el cardenal arzobispo de Madrid, el muy prudente Antonio María Rouco Varela.
Aunque la oración de mea culpa fue limada a última hora por el maestro de ceremonias de la Santa Sede, monseñor Piero Marini, en un intento de apaciguar los ánimos, la tozudez del anciano Papa pudo más que todas las reticencias curiales. El domingo 13 de marzo del año 2000, Juan Pablo II pidió siete veces perdón por los pecados cometidos a lo largo de la historia en nombre de la Iglesia católica: por los abusos cometidos en la evangelización de los pueblos, por las persecuciones de los tribunales de la Santa Inquisición, por el uso de la violencia por parte de los hombres de la Iglesia, por la división de la gran familia cristiana por la voluntad de dominio en la relación con otras culturas y creencias religiosas, por la marginación de las mujeres y por los sufrimientos infligidos a los hijos del pueblo de Abraham. Siete peticiones de perdón, intercaladas por un breve silencio y la triple invocación "Kyrie eleison" (Señor, ten piedad), pronunciadas ante un candelabro de siete brazos situado a los pies del viejo crucifijo de la iglesia romana de San Marcello al Corso, trasladado expresamente a la basílica de San Pedro.
Si la derecha curial estaba inquieta, la izquierda disidente no le iba a la zaga. Lo que para unos era excesivo, para otros era demasiado poco. El teólogo suizo Hans Küng volvió a ser uno de los primeros en criticar al Papa, acusándole de tibieza. Pero desde la cátedra de San Ambrosio, en Milán, llegó una señal de apoyo quizá inesperada. El cardenal Carlo Maria Martini, punto de referencia de tantos católicos reformistas, no dudó en expresar su "cordial unión espiritual" con el gesto del Pontífice. Martini, uno de los hombres que más han trabajado por la reconciliación del cristianismo con la tradición judía, interpretó que el gesto del anciano Papa era de gran calado.
Todo había comenzado dos años antes, el 16 de marzo de 1998, con la publicación del primer documento de autocrítica de la Santa Sede por la responsabilidad histórica del cristianismo en el antijudaísmo desde los tiempos del emperador Constantino. Atención al matiz: antijudaísmo, no antisemitismo. El texto presentado por el car-
denal australiano Edward Idris Cassidy, en aquel momento presidente de la comisión de la Santa Sede para las relaciones con el judaísmo, distingue claramente entre la responsabilidad de los cristianos en la gestación del antijudaísmo de Occidente, y el antisemitismo nazi, una "ideología pagana", que sitúa en otro plano. Hecha esta distinción, el documento admite que un secular prejuicio contra el pueblo judío facilitó la persecución nazi, "conduciendo a muchos cristianos a la indiferencia y a la insensibilidad".
Una autocrítica de honda significación, matizada, sin embargo, por una firme defensa del pontificado de Pío XII. Una extensa nota a pie de página explica que en 1945 el Papa Eugenio Pacelli recibió la gratitud de organizaciones y personalidades judías por la protección que la Iglesia católica dio a muchos perseguidos. Una afirmación que, sin embargo, contrasta con el silencio oficial del Vaticano durante el ascenso y apogeo del nazismo.
La voz de Israel no tardó en hacerse oír. El gran rabino asquenazí Meir Lau, que dos años después recibiría a Juan Pablo II en Jerusalén con grandes muestras de afecto, criticó abiertamente el documento vaticano. Meses después el propio embajador de Israel ante la Santa Sede solicitaba oficialmente que el Vaticano paralizase el proceso de beatificación de Pío XII. Era el prolegómeno de un gran debate sobre el papel del "Papa del silencio". ¿Un silencio prudente que le permitió salvar vidas sin exponer a la Iglesia a las iras de Hitler, o un silencio cómplice, atenazado por el convencimiento de que el nazismo y el fascismo eran, en el fondo, un mal menor, un oportuno dique de contención del comunismo soviético?
El viaje de Juan Pablo II a Israel diluyó en buena medida la irritación israelí ante la controvertida figura de Pacelli. En Tel Aviv y en Jerusalén, Karol Wojtyla supo expresar con gran sinceridad el arrepentimiento católico. Nunca un Papa había llegado tan lejos. Algunos biógrafos de Juan Pablo II buscan el origen del emotivo abrazo en sus años de infancia y juventud en Polonia, donde fue testigo de uno de los capítulos más crueles de la persecución antisemita. Es posible que así sea, aunque el mea culpa wojtyliano también puede interpretarse como la clave de un gran diseño estratégico para el futuro de la Iglesia. Pidiendo perdón al pueblo de Abraham, Juan Pablo II quiso reconectar culturalmente el catolicismo con la tradición judía, y al dar ese paso, subió un peldaño más en el fatigoso camino que conduce a una posible y aún lejana reunificación del cristianismo.
Pero aquel 26 de marzo del 2000 en Jerusalén, nadie podía imaginar que diecisiete meses después negras tormentas agitarían los aires. Después del 11-S, después del hundimiento del proceso de paz en Oriente Medio y después de la guerra de Iraq, no ha habido, formalmente, pasos atrás, pero la sonrisa de reconciliación entre católicos y judíos parece congelada.
LVD
ENRIC JULIANA, corresponsal de ´La Vanguardia´en Roma entre 1997 y el 2000
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